Edición 41 Junio - Agosto de 2007

Siempre discípulos y misioneros

Con ocasión de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano, se nos recuerda la clave de la renovación del continente. Ésta no se encuentra en nuevas técnicas o en la propuesta fuerte de lanzar una gran misión continental, tampoco en ninguna fórmula. La clave es el recuerdo y la vivencia actual de encuentro y seguimiento del Señor Jesús. Es recordar que antes de saber nada o de creer que manejamos algo, antes de dar respuestas a problemas o situaciones, antes que nada, nos reconocemos aprendices. Reconocemos humildemente que no sabemos, que tenemos que preguntarle a Él, que tenemos que contemplarlo, recordando con la fuerza del Espíritu sus hechos y palabras, y confesar con las actitudes que sólo Él es el Maestro, el Pastor, la Verdad, nuestro camino.

Este recuerdo es singularmente importante, tanto porque hoy día se pone toda afirmación en duda y nos suena mal todo rigorismo o dogmatismo, como porque hemos aprendido por la historia, que a veces hablamos con demasiada seguridad del mundo conocido y resulta que luego descubrimos que no es tan así como pensábamos, o más aún, porque hablamos con mucha seguridad del misterio de Dios, sin destacar como se debe, que sólo se puede hablar de Él con verdadero temor y humildad.

Ciertamente, hemos recibido una misión, un encargo de labios de Jesús, pero lo que nos manda a anunciar, la Buena Nueva, no es otra cosa que anunciar al mismo Cristo, que está siempre vivo en el Espíritu. El discipulado lleva a la misión, pero la misión requiere siempre del discipulado.
Antes y durante la misión que tenemos como Iglesia, antes y durante todo apostolado, servicio, trabajo, somos y nos reconocemos aprendices, discípulos de Jesús. Nuestra única certeza, por la cual daremos la vida, es que Jesús es el Señor que vive para siempre, que se hizo nuestro hermano, que nos da su Espíritu. La vida cristiana es un recuerdo que se hace un presente y se abre a la esperanza. Recuerdo de lo que el Resucitado hizo en mi vida, que llegó y me transformó, me sanó, me hizo hermano de todos, me hizo descubrir la presencia de Dios escondida en cada rincón de mi historia. Ese recuerdo me capacita para descubrir hoy su providencia en la vida diaria y en la historia, y me impulsa a buscar e imitar a Jesús resucitado, para poder seguirlo en medio de las situaciones en las que me encuentro hoy, esperando un futuro que me llena de entusiasmo, futuro que me anima a donarme al pueblo, a la comunidad de hermanos.

¿Cómo ganaremos hermanos para Cristo? ¿Cómo propondremos el Evangelio como lo mejor para cada hombre y mujer? ¿Cómo Latinoamérica realizará su vocación en este tiempo de desorientación y cambios? ¿Cómo encontraremos respuestas a los desafíos del momento presente?
Queriendo aprender de Jesucristo y haciendo el intento. Escuchar a Cristo que nos habla por su Espíritu en la vida de las pobres gentes, en la vida de aquellos que, como cuentan los evangelios, ganaron más su atención. Valorando a imitación de Cristo el momento presente y esta historia que todos vamos gestando que, aún violenta y contradictoria, es la única oportunidad que se nos da para el testimonio y el amor sin límite, el amor apasionado que lleva a la cruz.
Porque somos discípulos queremos transformar el país y el continente, queremos ser misioneros. No como quien da órdenes y dice lo que debe hacerse, sino como quien sabe que debe dar un testimonio, para esto Jesús nos ha dado un ejemplo: siendo el Maestro estuvo entre nosotros como el sirviente.

Pbro. Mauricio Damián Larrosa


 

Edición 42 Septiembre - Octubre de 2007

Testigos y defensores de la vida

Y seguimos caminando… apropiado título para mí que tuve la gracia de estar casi seis meses afuera, viviendo un providencial tiempo sabático; pero ahora, con alegría, sigo caminando por estos pagos.

Muchos de ustedes me han preguntado y he podido compartir sobre la experiencia de Dios en estos meses. Fueron tantas las gracias que no puedo enumerar a todas; todo fue un gran regalo de Dios. Recuerdo con mucho cariño las visitas a la tierra de San Maximiliano Kolbe, Juan Pablo II y Santa Faustina Kowalska, (Polonia), en Italia pude rezar y visitar los lugares donde amigos de Jesús me renovaban el deseo del camino de la santidad: San Ignacio de Loyola, Santa Rafaela María, San Pío X, San Cayetano, San Pío de Pietrelcina, San Agustín, San Gabriel de la Dolorosa, San Pantaleón, San Francisco de Asís y Santa Clara, Beato Juan XXIII y la Beata Trinitaria, madre de familia, Taigi. Tantos recuerdos entrañables. Y muchos más que sería muy largo enumerar. En todos los lugares recé por Morón, por todos, por la gracia del Jubileo para que este tiempo de gracia que fue la celebración de los 50 años de vida diocesana no quede en eventos sino en renovado compromiso de vivir como Jesús nos propone vivir, por los caminos del amor, de la reconciliación y de la fraternidad, sintiendo y siendo verdadera familia como tantas veces nos lo recuerda nuestro Obispo Luis.

Pero no quiero dejar de compartir lo vivido en Macerata; allí pude agradecer en nombre de la diócesis a lo sacerdotes que estuvieron viviendo su ministerio en Morón, desde el 73, pastores italianos, jóvenes sacerdotes dejaban su tierra, su familias, su diócesis, y en nombre de ella venían a servir a los hermanos de Argentina. Compartí con ellos y el nuevo obispo de esa diócesis, Mons. Guiliodori, el jueves sacerdotal. Pude expresar que Morón agradecía a Macerata (Italia) y que deseamos que ese gesto de comunión pueda ser algún día renovado. Ellos recuerdan con afecto y gratitud sus años vividos aquí en los pagos de Parque San Marín, (Merlo) entonces diócesis de Morón. Va un saludo especial a los Padres Alberto Forconi, Freddiano, Alberico, y más… fue un encuentro de memoria agradecida, fue un encuentro jubilar. Motivo de profunda gratitud a Dios y a los hermanos porque también pude compartir colaborando (celebrando y confesando) durante la Semana Santa en lo del padre Natale Branchesi, sacerdote que tiene aquí en Castelar, parte de su familia. Su calidez y cercanía hizo que su parroquia, San Ubaldo, fuera mi casa en esos días.

Durante mi estadía en Roma, Benedicto XVI, a quien pude ver y rezar con él tantas veces en distintas celebraciones, viajaba a Brasil, para participar del acontecimiento de gracia de la Iglesia de América Latina, que fue Aparecida. Aparecida no es solo un documento, es un acontecimiento que debe renovarnos para vivir como verdaderos discípulos de Jesús, y desde este ser discípulo, ser verdaderos misioneros.
Debemos recibir esas palabras de nuestros pastores con fe, debemos encarnar este espíritu en nuestras realidades pastorales, debemos reflexionar sobre ello, debemos rezar sobre los frutos, debemos trabajar para que no sean solo palabras, sino que nuestras actitudes pastorales sean un relanzamiento con fidelidad y audacia en las nuevas circunstancias latinoamericanas y mundiales.

El Santo Padre nos dijo en una parte de su homilía de inauguración de la V Conferencia: “Queridos hermanos y hermanas, este es el rico tesoro del continente latinoamericano; este es su patrimonio más valioso: La fe en Dios Amor, que reveló su rostro en Jesucristo: esta es vuestra fuerza, que vence al mundo, la alegría que nadie os podrá arrebatar, la paz que Cristo conquistó para vosotros con su Cruz. Esta es la fe que hizo de Latinoamérica el “continente de la esperanza”.
La fe en Dios Amor. Dios amó al mundo. Jesús entregó su vida por amor. Vemos que este mundo a quien debemos querer y dar la vida, nos hace sufrir y está manifestando situaciones de violencia, muertes, enfrentamientos, guerras. ¡Cuánto dolor! Y a este dolor sumamos el terrible mal que quiere instalarse: el aborto. EL Dios Amor el Dios de la Vida nos anima e impulsa para trabajar por el respeto de la vida. Debemos rezar mucho, porque hay mucha equivocación error y mentira.
Debemos rezar por la familia que permitió el crimen de ese hijo de la joven discapacitada, debemos rezar por los gobernantes, es terrible que en él haya habido una cooperación activa de los poderes del Estado. ¡Qué terrible decidir quién debe morir y vivir! ¡Pobre niño indefenso! ¡Pobre familia!… pero porque creemos en la fuerza de la oración y en la conversión de todos recemos con fe renovada por ellos. Y además, desde nuestra realidad, seamos testigos y defensores de la vida. No dejemos que los medios, la propaganda, los intereses más oscuros, formen las conciencias de nuestros jóvenes y familias. Compartamos estas inquietudes, recemos por ellos, hablémoslo en familia. Digamos sí a la vida siempre, más allá de los modos en que ella viene; defendamos y valoremos la vida en todas sus etapas, y cuánto más, de los niños indefensos.

Estamos a las puertas de un nuevo acto eleccionario, tenemos la posibilidad de ejercer el compromiso ciudadano. Como dijeron los obispos, pasar de ser “habitantes a ciudadanos”. No es una elección más, es una nueva posibilidad para que con responsabilidad nos preocupemos por conocer las propuestas de los que se postulan a gobernarnos los próximos años, de informarnos sobre la probidad de los candidatos, de confrontar sus palabras y acciones con los criterios del Evangelio y el magisterio de la Doctrina Social de la Iglesia. Este es un tiempo apasionante, no podemos quedar indiferentes. El bien de la Patria también depende de nosotros.
¡Jesús, Señor de la Historia, te necesitamos!

Que María, nuestra Madre Buena, nos sostenga y ampare en el camino de la vida.

Mons. Santiago Olivera