Editorial

Victoria, tú reinarás
Oh Cruz, tú nos salvarás

Si somos discípulos misioneros de Jesús, sabemos que su camino pasará por el calvario y la cruz. Sabemos que el dolor puede quedar en muerte o ser paso a vida nueva.

“Conforma tu vida con el misterio de la cruz del Señor”, nos dicen a los sacerdotes en el rito de ordenación. Y se puede aplicar a todo cristiano, es una invitación que tienen todos. Nuca imaginé que el realismo de lo que esconde esta frase era tan hondo. A veces soñamos y pensamos que dar la vida es simplemente bello, que optar por un valor nos hace grande el corazón, lleno de alegría; sin embargo cuando eso que soñamos se hace concreto, real, cotidiano, quedamos desconcertados: hay dolor, frustración, desprolijidad, confusión, sensación de incompleto, de quedar a medio camino. ¿Y qué esperabas? Realmente dar la vida es subir a la cruz, no es de héroes de ficción, es lo cotidiano, lo arduo del camino diario. Ciertamente, el misterio de la cruz no es solo el dolor, éste es solo una dimensión, pero que en ocasiones se nos olvida. Pertenecemos a un tiempo que huye del dolor, y de lo arduo.

El misterio de la Cruz abarca el coraje y alegría de la decisión de entrega y de despojo, con el dolor que ello supone al hacerse efectivo, pero también abarca la paz de saberse en manos de Dios Padre y el gozo del resplandor de lo que viene, la vida nueva de alegría. Algunas cruces antiguas de las iglesias tienen rayos que salen de atrás, como un resplandor.
Existe el peligro de quedarnos en la resignación y en el dolor, Dios no quiere eso, nos quiere felices y renunciar a una vida mejor es un pecado. Existe también el peligro de quitar realismo y hondura a nuestra cruz, hacerla superficial, no vivirla, hacerla un adorno en nuestro pecho. Se puede decir y entender bien, entonces, que no se debe uno quedar tan solo en la cruz, pero es verdad que para no quedarnos allí hay, sin embargo, que abrazarla, asumirla, vivirla profundamente, soportar su peso y su dolor. Solo si en verdad aceptamos ese paso, será un paso. A la vida nueva, al amor a la libertad. Como aquella antigua canción, pidamos, confiados por su victoria: “sobre esta tierra oscura derrama tu claridad, oh Cruz, fuente fecunda de amor y libertad”.

Porque en el misterio de la Cruz está nuestra salvación, que en esta cuaresma la Cruz se haga presente en tu vida, hermano. Y como decía el Cura de Ars: “no pienses de dónde vienen las cruces, ellas siempre vienen de Dios.” ÉL nos bendice en forma de cruz.

Pbro. Mauricio Larrosa

Reflexión en torno a la primera encuesta
sobre religión en argentina


¿Un examen para la Iglesia
Católica en la Argentina?

La iglesia en los documentos del Vaticano II, se entiende a sí misma como signo levantado entre los pueblos, “signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (Lumen Gentium 1). Es por eso que la mirada de los pueblos sobre la Iglesia puede, de alguna manera, ayudarla a saber de qué manera está cumpliendo su vocación y misión. En Argentina, los resultados de la “Primer encuesta sobre creencias y actitudes religiosas” realizada por científicos del CONICET bajo la dirección de Dr. Fortunato Mallimaci, brindan una oportunidad única para ensayar una autoevaluación sobre cómo estamos siendo signo que peregrina y acompaña al pueblo argentino.

Lo primero que vemos es que el 90 % de los argentinos cree en Dios, en Jesucristo, en la Virgen y en los santos. De los cuales un 76% se dicen católicos. Podemos decir que eso es fruto de la labor evangelizadora y de la piedad católica. En este sentido hay que destaca que de las prácticas religiosas de los argentinos son mayoría las netamente católicas (85,9%). Podemos decir que la llamada piedad popular es cosa viva en nuestros días.

Estos datos se refieren mayoritariamente al sentimiento de identidad: en un país con el 76% de católicos y un 90% de creyentes, nuestra política y vida social debería ser muy distinta. Sin embargo, es esperanzador tener identidad y actitudes personales creyentes: contamos con buena plataforma, ahora hay que dar pasos para inundar de Espíritu evangélico las estructuras políticas y sociales de nuestra patria.

En un contexto de cambio en el que todas las instituciones están en crisis y ninguna logra adecuarse a la realidad actual, es una buena nota que “de la institución iglesia se pudo comprobar que es igualmente la más creíble, que es una institución social que da valores religiosos” según declara el doctor Mallimaci. Efectivamente, la Iglesia católica es la institución más creíble entre las opciones presentadas en la encuesta: Iglesia católica (59%) seguida de los Medios de comunicación (58%), mientras que las menos creíbles son los sindicatos (30%) y los partidos políticos (27%). Claro que el contexto hace que todos los porcentajes sean bajos (menores al 60%).

Otro dato es que la educación, el trabajo social y la predicación del Evangelio son las acciones más valoradas de las iglesias y que se desea aún más de la Iglesia católica: sobre todo más compromiso con los pobres y la defensa de los derechos humanos. “A quien mucho se le dio mucho se le pedirá, a quien mucho se le confió mucho más se le exigirá” (Lc 12, 48) dice Jesucristo a Pedro.

Un dato negativo es que cada vez las personas se acercan menos a los sacramentos y que “esto va en baja, hasta que nos encontramos con otro fenómeno: el monopolio católico de la muerte” según comenta Mallimaci. Esto último es alentador: las personas ven en la Iglesia Católica la seguridad del cielo y el descanso para sus difuntos.

En otros aspectos de la encuesta habría que discutir la comprensión de la doctrina católica de quienes la han formulado. Por ejemplo, pareciera que se destaca la autonomía de conciencia y decisión como algo opuesto al querer de la Iglesia y no es así. Precisamente es un valor cristiano: la conciencia personal expresa la máxima dignidad de su sujeto, la persona, por eso «no se le puede forzar a obrar contra su conciencia. Ni se le puede impedir que obre según ella» (Dignitatis humanae, 3). Aunque, claro está, «la libertad de conciencia no es nunca libertad con respecto a la verdad, sino siempre y sólo libertad en la verdad» (Gaudium et spes, 64).

El Conicet declara que los que llevan una religión “muy a su manera” “generalmente terminan conformando el grupo minoritario pero significativo, que si bien dejan su religión de origen y se acercan a otra, terminan en el grupo de indiferentes religiosos”. Esto es tremendamente negativo para la Iglesia, si por un lado nos indica que nuestra propuesta religiosa no es peor que otras (“evangélicos”), nos dice que la semilla del cristianismo en el entramado de nuestra sociedad está perdiendo vigor (sería preferible mas evangélicos que indiferentes). Más grave aún es que “habitualmente se hablaba del crecimiento de “evangélicos” en sectores de menos recursos; sin embargo, la investigación arroja otro resultado: los indiferentes religiosos igualan a los evangélicos en esa población.” Creo que esto es tremendamente serio y marca una senda pastoral obligada, un llamado urgente: los pobres están siendo cada vez más tremendamente pobres.

Pero el análisis pastoral a partir de esta encuesta debe ser objeto de más estudio, aquí solo queremos recoger los datos que nos hablan sobre signo de qué somos para los argentinos. Así, jugando al maestro, podemos decir que la evaluación es esperanzadora pero no tranquilizadora: estamos siendo signo de esperanza pero no podemos seguir “viviendo de rentas”, es decir, de lo que la cultura cristiana va transmitiendo, sino que debemos abonarla, trabajar. Debemos seguir adelante con tesón, pedir la conversión y vivir más fuertemente el Evangelio.


Pbro. Mauricio Larrosa

Enero ~ Febrero de 2009