Descripción
de su Escudo Episcopal

 

 

 

 

 



El Obispo asume como blasón episcopal el escudo de su familia, como un signo de acción de gracias por el don de la fe recibido de sus mayores y reconoce como providencial, que el olivo caracterice la vida de la tierra a la que es enviado.

La figura en jefe es un ramo de olivo verde, símbolo de Cristo, Sacerdote y príncipe de la paz. El Obispo, en nombre del Señor, llevará el olivo de la paz de Cristo a todos los hombres y santificará al pueblo de Dios que se le ha encomendado.

El fondo color plata, evoca a María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia, “estrella de la evangelización renovada, primera discípula y gran misionera de nuestros pueblos”, en cuyas manos maternales el Obispo pone su vida y su ministerio.

La cruz, que timbra el escudo, evoca el anonadamiento de Cristo que por amor se hizo hombre, tomando la condición de siervo hasta llegar, con la ofrenda de su vida, al sacrificio que nos conduce a la salvación. El Obispo expresa que desea “tener estos mismos sentimientos de Cristo” (Fil 2,5) en su lema episcopal: “los amó hasta el extremo”.

 

 

Ordenación Episcopal de Mons. Santiago Olivera

"LOS AMÓ HASTA EL EXTREMO"

La Diócesis vio surgir de su seno a un
nuevo sucesor de los Apóstoles

El 18 de agosto, día en que la Iglesia recordó a San Alberto Hurtado, Mons. Santiago Olivera fue ordenado Obispo por el Obispo Emérito de Morón, Mons. Justo O. Laguna. Fueron co-consagrantes: Mons. Luis Guillermo Eichhorn, Obispo de Morón; y Mons. Omar Félix Colomé, Obispo Emérito de Cruz del Eje (Córdoba).

La Fiesta comenzó mucho antes, el 24 de junio, cuando se hizo público su nombramiento. El Santo Padre, Benedicto XVI, había aceptado la renuncia de Monseñor Colomé al Obispado de Cruz del Eje, presentada por haber alcanzado la edad que señala la norma canónica (75 años), y nombró como su sucesor a Monseñor Olivera, quien con 49 años de edad, es el tercer Obispo del mencionado Obispado.

Por la tarde del 18 de agosto, las campanas, los aplausos, las lágrimas, el arrebato de la multitud, no eran otra cosa que la manifestación de un profundo estremecimiento, de un gran de gozo por lo que estaba ocurriendo. Un sentimiento que Mons. Laguna proclamó a viva voz, al manifestar: “Hoy es el día más feliz de mi vida”, ante 24 Obispos y 120 sacerdotes que junto a Diáconos, Religiosos y laicos venidos de distintos puntos de la Diócesis y del país, se acercaron a compartir la alegría de Mons. Olivera.

“Alegría, porque sentimos la presencia del Señor que nos mira con amor y nos acompaña. Él llama, Él elige y Él está siempre caminando junto a nosotros”, expresó, al comienzo, Mons. Eichhorn.

Los Obispos presentes fueron: Adriano Bernardini; Jorge Mario Bergoglio; Hugo Nicolás Bárbaro; Fernando María Bargalló; Alcides Jorge Pedro Casaretto; Omar Félix, Colomé; Martín De Elizalde, OSB; Luis Guillermo Eichhorn; Ricardo Oscar Faifer; Sergio Alfredo Fenoy; Carlos María Franzini; Rubén Oscar Frassia; Gustavo Arturo Help; Justo Oscar Laguna; Carlos Humberto Malfa; Fernando Carlos Maletti; Raúl Martín; Juan Rubén, Martínez; Marcelo Palentini; Mario Aurelio Poli; Guillermo Rodríguez-Melgarejo; Oscar Domingo Sarlinga; Joaquín Mariano Sucunza; Eduardo María Taussig; y Adolfo Armando Uriona.

Además, participaron entre los numerosos sacerdotes: Pedro Candia, Administrador Diocesano del Obispado Castrense; Luis Alberto Fernández, Administrador Diocesano de Lomas de Zamora; y Patricio Olmos, Vicario del Opus Dei en Argentina.

Entre las autoridades presentes se encontraban: El Director General de Culto Católico del Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto, Dr. Luis Saguier Fonrouge; el Ex-director General de Culto Católico, Dr. Norberto Padilla; el Ex-embajador ante la Santa Sede, Carlos Luis Custer y su señora; el Intendente de Villa Dolores, Juan Manuel E. Pereyra; y el intendente de Morón, Martín Sabbatella, quien le obsequió al nuevo Obispo una placa recordatoria.

Continuando con la celebración, el Pbro. Gustavo De la Torre, Párroco de San Judas Tadeo de Ituzaingó, dio lectura al mandato apostólico con el que el Sumo Pontífice, Benedicto XVI, lo designa Obispo de Cruz del Eje, destacando los dotes y la amplia experiencia del nuevo Obispo en el ámbito pastoral. Dones que utilizará para animar al presbiterio en el difícil deber de la Evangelización, y a los laicos en la no fácil misión de dar testimonio de su compromiso cristiano.

Un hombre con capacidad de diálogo
y amor por la gente

La bondad de Dios y el deseo de Santiago permitieron que Mons. Laguna presida la Solemne Eucaristía en la Catedral de la que fue pastor por casi 25 años.
Allí, habló sobre el episcopado y, aunque reconoció haber tenido pocas angustias en Morón, algunas de las cuales son públicas, recordó a Mons. Gentico, señalando que, junto con Mons. Olivera, han sido su paño de lágrimas.
La amistad y cercanía con Mons. Santiago, hicieron que le fuera confiando sus momentos difíciles.
Destacó de él, que es un hombre que conoce la cruz ya desde muy chico, al perder a su madre a los 13 años, y más tarde, a cinco hermanos en breve tiempo. “Siempre lo vi fuerte, animado y con una fe firme”, afirmó, ponderando entre sus virtudes, su capacidad de diálogo y su amor por la gente. “Siempre tiene una palabra para todos”, dijo Laguna, augurando un buen ministerio en su nuevo destino.

Explicó que el Concilio Vaticano I proclama la inefabilidad pontificia y pone al Papa en el centro de la vida de la Iglesia. “Es un don para la Iglesia Católica tener un Sumo Pontífice con jurisdicción sobre toda la Iglesia”, aseveró, y aclaró que ya en el Concilio Vaticano II, 'Lumen Gentiun', uno de los principales documentos, habla del episcopado de una manera muy clara. El Documento comienza diciendo: “El Señor reunió consigo a los doce Apóstoles y constituyó con ellos una comunidad que tenía que continuar a través del tiempo, y lo hace por medio de los sucesores de los Apóstoles, que son los Obispos”. El Concilio Vaticano II proclama que el Episcopado no solo pertenece al sacramento del Orden Sagrado, sino que confiere el sumo sacerdocio, la plenitud del sacramento del orden.

Mons. Laguna llamó a transmitir el Evangelio buscando los modos de llegar a la gente, y subrayó el presentarlo en su totalidad, resaltando siempre en el momento de predicar, lo positivo de la Fe católica.

Una clave es ser santo. “Como sé que lo eres, podrás fácilmente santificar a tus fieles contagiándoles tu entusiasmo interior por el seguimiento a Cristo y tu fidelidad a la Iglesia”, le dijo el Obispo Emérito a Olivera, destacando que la función más difícil del Episcopado es regir. “Jesús en el Evangelio explica que nuestra potestad no es como la de los que manejan las naciones y las dominan. Nuestra función de regir, es de servir. 'El que quiera entre ustedes ser el primero, hágase siervo de todos'.

El Concilio, con mucha valentía y equilibrio, dice que los Obispos tienen propiedad propia y ordinaria, que no son vicarios del Papa, sino de Cristo. Siempre en comunión con el Romano Pontífice, quien nos conduce y permite que no nos desviemos”.

Al concluir, bendijo al Obispo Olivera y, emocionado, le agradeció de todo corazón su auxilio pastoral, personal y de amigo, en todo el tiempo que se conocen.



Demos Gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterno su Amor

Palabras de Mons. Olivera
Quisiera que en este día, todos me ayuden a hacer esta acción de gracias. Alabando a Dios, como María, quiero proclamar la grandeza de Señor, como María quiero compartir que mi espíritu se estremece de gozo en el Señor, porque su Misericordia se extiende de generación en generación. Misericordia, amor y elección gratuita de Dios que aún viendo mi pobreza, mis límites y mi pecado, me ha llamado a ser en la Iglesia un sucesor de los Apóstoles.

Quiero darle Gracias a Dios, quiero agradecerle al Dios con Nosotros, Jesucristo, el Señor, que me miró con Amor. Quiero dar gracias por el don de la fe. No sabría vivir de otra manera. Cuánto agradezco al Señor poder caminar por la vida sabiendo que todo aquí es sombra de realidades más hondas. Cuánto agradezco al Señor porque camino sabiendo que hay Cielo, que Él nos redimió, que pasó haciendo el Bien, que me Amó hasta el extremo.

Quiero dar gracias al Espíritu que anima y sostiene a la Iglesia. Amo profundamente a la Iglesia, Madre y Maestra, experta en humanidad. Y aprovecho esta celebración para manifestar mi adhesión al Romano Pontífice; por gracia de Dios desde chico he sentido esa adhesión. Ayer, mi familia me fotocopió una carta que yo les mandé el año pasado desde Roma con motivo de una audiencia Pública con Benedicto XVI:
Les escribí: “El Papa pasó muy cerca mío, pude darle la mano, mirarlo, tocar su anillo de pescador, sucesor del Apóstol Pedro, para mí un regalo de Dios muy grande. Valoré su mirada fresca y sentí su mirada con afecto. Increíble. Puro don de Dios.” Así lo siento hoy, me siento hijo particularmente agradecido por la gratuidad de su elección. Doy gracias a Dios por haber sido llamado al Episcopado por este hombre de Dios sólido, en este tiempo de confusión; por su claridad, por su magisterio.

Agradezco al Señor Nuncio Apostólico que no sólo está acompañándonos en esta celebración, sino que fue un padre cercano y de consejos fraternos.
Lo valoro mucho, como también la cercanía y presencia de tantos obispos. Me uno y me sumo con gozo para vivir con gestos concretos la fraternidad episcopal. Agradezco a todos, gracias a Dios, de muchos de ellos me siento particularmente cercano y amigo. Gracias de corazón por el esfuerzo de estar hoy aquí, en la Catedral de Morón. Y gracias especialmente al Cardenal Bergoglio, Presidente del Episcopado, también por su cercanía de padre y por su testimonio de vida.

Pongo mi mirada agradecida en mi familia, Iglesia Doméstica. De padres generosos que hicieron una familia numerosa. Agradezco la solidez y fortaleza de mi padre, su vida entregada, su esfuerzo y sus silencios. Agradezco la fe de mi madre, mi primera catequista, que a pesar de haber sido poco el tiempo compartido con ella me marcó con los valores más esenciales: el Amor a Dios y la aceptación serena a su voluntad. Doy gracias a Dios por la familia grande, abuelos, tíos y primos, agradezco sus presencias, sus gestos, delicadezas y cariño. Doy gracias a Dios por mis hermanos, a los que están aquí y a los que nos esperan en el Cielo; la cruz y el dolor y el gozo nos hicieron más hermanos. Y a mis sobrinos les agradezco el cariño y la cercanía. Saben que los quiero como a hijos, experimento en todos ellos el ciento por uno prometido por Jesús a aquellos que dejan todo para seguirlo.

Les pido a todos que sientan mis palabras dirigidas a cada uno con un corazón agradecido, sería imposible nombrarlos a todos. Recuerdo con gratitud el Colegio San Judas Tadeo y el Colegio San José, de los Hermanos Maristas, tanto les debo a los docentes y religiosos. Algunos están aquí y lo saben bien.

Un 22 de marzo de 1980, como joven del Movimiento de Jornadas, vine aquí a esta catedral a recibir a nuestro nuevo Obispo, Monseñor Justo Laguna. Ese día, entre otras cosas, el Obispo dijo: “Me preocuparé de la promoción de las vocaciones sacerdotales, cuya escasez constituye el problema más urgente de la Diócesis”. Sentí en esas palabras, que el Señor me llamaba al sacerdocio. Experimenté con alegría la paz que da el encontrar, lo que durante un tiempo buscaba. La providencia quiso que gracias a un seminarista amigo de entonces y de ahora, el Padre Hugo Lagoria, pudiera conversar con Monseñor, le presenté mi inquietud y mi deseo misionero. Me contestó: “La Diócesis es una Misión”. Aprendí en todos estos años a vivir y a querer en esa dimensión a la Iglesia diocesana. Viví mi servicio en la Curia con mucha alegría y agradezco a los que en ella colaboran con el Obispo, en su tarea pastoral. Les agradezco su cariño y cercanía de siempre.
Cuánto para agradecer a Monseñor Laguna al cual pude conocer, querer y valorar su profundo amor a la Iglesia, su servicio y su compromiso con la historia. Con el tiempo pude compartir más de cerca su vida y ministerio, su familia a quien siento como propia, su preocupación ecuménica, su llegada a los más alejados. Su respeto por todos. Su amor a la Virgen.
Sin duda para mí un padre, un amigo, y hoy más hermano, pero siempre seré su hijo. Gracias, Justo, por todo, por tus esfuerzos, por tu confianza y tu valoración, por tu insistencia y perseverancia, por tu pasión sacerdotal y tu oración, por mucho de lo que soy. Gracias porque de tus manos recibí el sacramento de orden sagrado y, hoy, la plenitud de sacerdocio.

Quiero agradecer al Seminario, los formadores de antes y los de ahora. Los compañeros seminaristas de entonces, y los seminaristas de ahora. Agradezco haber estado ligado al seminario desde mis primeros años sacerdotales. Una gracia particular.

Doy gracias a Dios por mi rector, Padre Gentico, pastor y sacerdote ejemplar. De Monseñor Gentico he aprendido muchas cosas por medio de su palabra, pero sin duda, he aprendido mucho más con la fuerza de su ejemplo. Cada mañana lo veíamos rezando largas horas en la Capilla. Su vida de oración profunda y perseverante ha sido una escuela, porque esa oración se veía reflejada en sus actitudes y en su amor a todos, de un modo muy especial a los más pobres. Amaba entrañablemente al pueblo de Dios y nos enseñó a descubrir en él sus riquezas. Compartí con él el ministerio en la Curia, me llenó de alegría su nombramiento episcopal. Y hoy, doy gracias a Dios porque su báculo, signo del pastor, que en él era del Buen Pastor, es el báculo que gracias a la generosidad de su familia recibí. Quiero seguir el camino de Gentico y caminar anunciando como él quería, y está escrito en el Báculo: “Dios amó tanto al mundo que envió a su Hijo para Salvarnos”, y este Hijo, completo con mi lema: “Nos amó hasta el extremo”.

Agradezco al clero, a los sacerdotes, a los que he sentido verdaderamente hermanos y amigos. Gracias de corazón a cada uno y un recuerdo especial a los que ya no están; recuerdo con gratitud sus vidas y amistad. Sé que Farell, Presas y Mingote, sólo por nombrar algunos, celebran la fiesta desde el Cielo. He vivido como don la gracia de la amistad sacerdotal; gracias de corazón por los momentos difíciles y alegres compartidos, fundamentalmente al grupo de sacerdotes más amigos, que Dios me dio la gracia de tener. Gracias por sus testimonios de sacerdotes entregados.
Gracias a los sacerdotes amigos de otras Diócesis. En este tiempo experimenté la maravilla de la Iglesia.
Gracias a los Diáconos permanentes y a los candidatos y a sus esposas y familias. Gracias por su entrega, por sus vidas y testimonios. Gracias por la vida consagrada en todas sus formas. Hay comunidades religiosas que han sido muy mi familia. Gracias especiales a los distintos conventos de vida contemplativa. En todos y de distintos lugares guardo en el corazón su cariño, su hospitalidad, su generosidad y sus oraciones.

Gracias a las comunidades parroquiales de toda la Diócesis, siempre me sentí en casa en todas las que visitaba; algunas saben que están y estarán particularmente presentes en mi corazón. Especialmente a la Parroquia Madre de Dios, once años no son pocos para el corazón de un pastor. Recuerdo esos años como años especialmente felices de mi vida.
Gracias a las familias amigas y a todos los laicos, gracias a la Acción Católica, especialmente al consejo diocesano, por su valoración y amistad.

Gracias a todos los que hoy están aquí, gracias especialmente a las autoridades presentes.
Quiero agradecer especialmente la presencia del amigo y hermano, Rabino Mario Rojzman porque valoro y agradezco mucho su cariño y cercanía. Nuestra amistad me invita y me renueva a hondar siempre en fraternas relaciones con los hermanos mayores en la fe.

Gracias, Pastor David Calvo, y en su nombre a la Iglesia Evangélica Luterana Unida. Gracias por su testimonio de hermandad, de respeto y de cariño. Siempre estuvo presente con delicadeza en distintos momentos de mi vida. Valoro y agradezco mucho su presencia.

Quiero darle gracias a mi Obispo Luis Guillermo, a quien en estos tres años y medio he aprendido a querer y valorar. Hombre de fe, de pocas palabras, pero siempre palabras evangélicas. Gracias por su confianza y valoración.
Y en usted Monseñor, quiero agradecer a esta Iglesia diocesana con tantos dones y con tanta historia, que me dio todo y a la que quiero mucho. Doy gracias y pido perdón por aquellas cosas que no he sabido hacer bien en estos años.

Gracias a Monseñor Colomé, por su cercanía sin conocerme, y por su testimonio. Me da gozo saberlo presente en la Diócesis de Cruz del Eje, su casa de siempre.

No quiero dejar de agradecer a los Padre Daniel Segura y Fernando Laguna, y en ellos a todos lo que han colaborado para organizar la Eucaristía y la fiesta de ordenación.

Agradezco muy especialmente la presencia de los hermanos de Cruz del Eje, gracias a los que recorrieron muchos kilómetros para estar presentes. Gracias a ustedes y gracias a los que están allá, que han rezado y rezan por el nuevo Pastor, laicos, religiosos y religiosas. Gracias a los sacerdotes y seminaristas. Me da mucha alegría saber que de ahora en más, compartiremos la vida y el ministerio. Gracias a todos por el cariño.

Me da pena partir, pero me da gozo saber que el Señor me pide que deje mi tierra y vaya a otra para seguir la Misión. “La Diócesis es una misión”. Me da pena dejar tantos rostros queridos en Morón, que no olvidaré y seguramente nos seguiremos viendo, pero me ilusiona saber que habrá más rostros que querré en la querida tierra cordobesa. Me da gozo saber que en esa tierra está vivo el recuerdo del amigo, Venerable Cura Brochero. A él le confío mi ministerio, por mediación de María. Quiera Dios que si es su Voluntad y para su gloria y bien de nuestro pueblo, pueda ser pronto beatificado. Su figura me renueva el deseo de ser santo. Que la Purísima, en sus distintas advocaciones, de Luján, Buen Viaje y del Carmen, me acompañe en este nuevo camino y me ayude a ser el pastor que Jesús quiere para su pueblo.

El Padre Gustavo de la Torre, al enterarse de mi nombramiento como Obispo de Cruz del Eje, me dijo: “Santiago, el eje en la Cruz”. Me impresionó. Pero quiero vivir esta dimensión de la vida cristiana en clave Pascual. No es la última palabra la Cruz, la última palabra es el triunfo, la última palabra es la Resurrección y el cielo.

Por último, quiero darle gracias a Dios porque mi nombramiento se publicó el día de San Juan Bautista, quiera Dios que siempre ponga a Jesús en el centro de mi vida e inculque con mi vida y mi palabra que pongamos nuestro corazón, y nuestra mirada en el Señor. Quiera Dios que todos nosotros experimentemos siempre que Jesús es la Verdad, la Vida, y es el Camino que nos conduce al Padre.☺

 

 

Julio ~ Agosto de 2008