San Mateo 28, 8-9
…Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro: impresionadas y llenas de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús salió a su encuentro y las saludó, diciendo: “Alégrense”.

San Lucas 24,41
“…era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer.”

1 San Pedro 1,8
“…Porque ustedes lo aman sin haberlo visto, y creyendo en él sin verlo todavía, se alegran con un gozo indecible y lleno de gloria...”

 

 

En este tiempo pascual resuena con mucha fuerza en la liturgia, la alegría, la certeza de que Cristo vive, y la expresión de esa alegría: El Aleluya.

Esto tiene que ser vivido en nuestra realidad. La alegría es uno de los dones más importantes de nuestra vida de creyentes. La alegría es fruto del gozo de la posesión de Dios.

Desde el misterio de la Navidad, cuando Dios se encarnó en Jesucristo, se nos anunció una gran alegría: “Nos ha nacido un Salvador”. Tras la experiencia del Resucitado y del triunfo sobre el pecado y sobre la muerte, nos llena de gozo saber que estas realidades, ya no son la última palabra.

Me pregunto realmente si los cristianos somos alegres de verdad.

Alegres no significa ausencia de dolor, de situaciones difíciles en nuestra vida. Alegres porque vivimos en la esperanza de que el Señor camina con nosotros; porque sabemos que en el recorrido de la vida, Jesús, como peregrino, camina a nuestro lado. Entonces, más allá de las situaciones de dolor, no somos hombres y mujeres de semblante triste, sino que vivimos la alegría.
Alegría, porque estando en Jesús, tenemos el don de la paz. Cuando Jesús resucitado aparece, su saludo es “La paz esté con ustedes”. La paz es una de las certezas de que caminamos y estamos con Jesús.

Qué importante que miremos si en nuestra vida, en nuestra realidad, damos testimonio de este gozo sereno, profundo, hondo, que no es una alegría superficial, ni pasajera, sino que es un gozo que ilumina los ojos, el corazón, que nos hace mirar la vida y relacionarnos con los demás de una manera distinta.
Qué importante que quienes nos vean, descubran que en este tiempo pascual algo nos ha pasado, que algo nos ha vuelto a transformar.

Suena en nosotros la alegría anunciada de que Cristo vive. Lo hemos escuchado en el relato de Lucas sobre los Discípulos de Emaús. Cristo vive, esta realidad es nuestra fe.
El misterio de la Resurrección hace que no lo podamos ver con los ojos humanos, sino con los ojos de la fe. Que debamos estar atentos para descubrir su presencia y cercanía.
A veces, aparece de distintas maneras, pero Cristo vive.
Vive en la Palabra; donde dos o tres se reúnen en su nombre, “Yo estaré en medio de ustedes”; en la Eucaristía, “Esto es mi Cuerpo”; en el enfermo, “Estuve enfermo y me visitaste”; vive en el que está desnudo y tiene hambre, en el necesitado, en el pobre; vive en los hermanos, en la comunidad, en el prójimo, en los ministros
. Qué alegría saber que Cristo sigue caminando, presente en nuestra historia.

Todo esto implica un gran desafío: Que realmente seamos en nuestro tiempo, en el hoy de nuestra historia, en nuestro barrio, en nuestras familias, en nuestro trabajo, testigos de la alegría. Que nuestras actitudes, nuestros gestos, nuestros labios, corazón y mirada, sean la representación de Cristo. Desde cada una de nuestras propias realidades y vocaciones, estamos llamados a hacer presente una dimensión de Cristo. Para esto somos cristianos, no sólo porque lo seguimos a Él, sino porque somos otros Cristos, según se nos dijo en el Bautismo.

¡Aleluya! cantamos antes de la lectura de la Palabra de Dios, ¡Aleluya! cantamos en la Iglesia, ¡Aleluya! que es expresión de nuestra alabanza y nuestro gozo.
Vivamos la alegría de la Pascua, vivamos la certeza de que Jesús que marcha a nuestro lado.

Entre las alegrías, contamos con los frutos del trabajo de las comunidades, de las vidas ofrecidas, que Seguimos Caminando intenta presentar, buscando servir a la comunidad diocesana por nuevos caminos. Aspira a cumplir el deseo del Obispo de que la publicación esté presente mensualmente. Por tal motivo se renueva con nuevos miembros, secciones y aportes.

También desde Seguimos Caminando podemos decir: ¡Alegrémonos, Cristo vive! Se manifiesta en esta nueva realidad, presencia, aporte de tantos que se van acercando a este servicio, que humildemente queremos seguir ofreciendo a nuestra Iglesia particular.

Mons. Santiago Olivera

Marzo ~ Abril de 2008