Para reflexionar

Carta Encíclica del Papa Benedicto XVI, la segunda de su pontificado, en la que medita la segunda de las virtudes teologales, después de haber reflexionado sobre el amor en «Deus caritas est», firmada el 25 de diciembre de 2005.

Por Mons. Raúl Roberto Trotz
Párroco de la Catedral

En la mitad de la década del noventa, el Papa Juan Pablo II escribió la encíclica acerca de la unidad entre los cristianos (Ut unum sint) en donde exhorta a todas las Iglesias a realizar juntas una profunda reflexión para "encontrar una forma de ejercicio del primado que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva" (n. 95) y más adelante dirá "tarea ingente que no podemos rechazar y que no puedo llevar a término solo" (n.96).

La vida de la Iglesia ha continuado, y el Espíritu sigue su obra en el interior de cada uno de nosotros y esta tarea de continuar la acción evangelizadora sucediendo al apóstol Pedro ha recaído en la persona de Benedicto XVI.

La vertiginosidad en la que hoy se desenvuelve nuestra vida y que de una manera muy fuerte se refleja en el accionar que los medios de comunicación les dan a las informaciones, muchas veces impiden que podemos realizar el importantísimo trabajo de elaborar interiormente la impronta que los acontecimientos realmente provocan en nuestras vidas en cuanto inciden en nuestras opiniones, y desde allí, en nuestras acciones.

Todo lo relacionado con los últimos días de vida de Juan Pablo II, su muerte, sus exequias y la elección de Benedicto XVI tuvo en los medios de comunicación una repercusión que nunca antes habían vivido los cristianos, y esto me importa rescatarlo, especialmente en función de recordar juntos que creo que es objetivo afirmar que el entonces cardenal Ratzinger, contaba con una prensa en general adversa a su persona.

Este no es un dato menor porque en el decir del poeta "todo pasa y todo queda", y este sentimiento ha quedado en aquello que se ha dado en llamar el inconciente colectivo y yo observo cómo frente a determinadas actitudes o decisiones que toma el Papa, afloran en muchos cristianos a la hora de escuchar su magisterio.

No voy a entrar en el análisis de las diversas circunstancias más sobresalientes que han provocado, en general, situaciones controvertidas con el Papa, de las cuales cada uno puede tener su propia opinión, sino a aquello que hace directamente a nuestra fe en Jesucristo y su presencia actual en la Iglesia.

Para ello voy a utilizar la hermenéutica que el mismo Papa nos propone en el prólogo de su libro "Jesús de Nazareth" y que puede ayudarnos en la tarea de discernir que es lo que Dios quiere hoy de nosotros escrutando los signos de los tiempos.

Si mi memoria no me falla, es la primera vez que en un escrito emitido por un Papa, él nos advierte: "Sin duda, no necesito decir expresamente que este libro no es en modo alguno un acto magisterial, sino únicamente expresión de mi búsqueda personal ‘del rostro del Señor’ (cf. Sal. 27,8). Por eso, cualquiera es libre de contradecirme". (p. 20)

Su Santidad nos marca la posibilidad de disentir con él en cuestiones personales, pero esta distinción también nos debe llevar a saber discernir, que hay cuestiones en las que debemos tomar conciencia que es la acción del Espíritu que asiste a la Iglesia y que lo que Él expresa a través del magisterio de la Iglesia, está íntimamente relacionado a la posibilidad de ir creciendo en nuestro vínculo con Jesús.

En la lectura de una encíclica es vital que al hacerlo, nos preguntemos qué es lo que Dios nos quiere decir.

Si perdemos de vista esto, corremos el serio riesgo de desaprovechar una oportunidad que Dios nos da para crecer en la fe, y si esto siempre es importante para el camino de la fe, pero en los tiempos difíciles que nos tocan vivir se hace más vital para no desfallecer en el camino.

Me pareció que era importante hacer esta reflexión antes de que en un próximo número, comencemos a abordar la Encíclica.



Opinión


Por Pbro. Martín Ernesto Bernal
Delegado del Obispo para la Pastoral de Comunicación Social

Imaginemos un mundo sin medios de comunicación. Pensemos en nuestras vidas sin diarios que nos acerquen noticias y reflexiones; sin revistas que nos abran a otras realidades; sin radios que nos alerten de aquello que está pasando cerca y lejos; sin una red global que nos permita estar en contacto con otras personas en cualquier parte del mundo; y sin televisión que nos entretenga. El ejercicio es difícil.

Los medios son una parte vital de nuestra cultura. Cada vez más. ¿Qué hacemos frente a eso? ¿Debemos limitar su alcance? Si fuera posible, ¿Sería bueno?

En su último mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones, el Papa Benedicto nos invita a pensar el desafío: Los medios: en la encrucijada entre protagonismo y servicio. Buscar la Verdad para compartirla.

El Pontífice advierte acerca de los peligros de ese “protagonismo indiscriminado” de los medios y del “cambio de rol” por el cual han dejado de representar la realidad para pasar a “determinarla gracias al poder y la fuerza de sugestión” que en muchas ocasiones ostentan.

Pensar los medios es central, porque allí “están en juego dimensiones constitutivas del ser humano y su verdad. Cuando la comunicación pierde las raíces éticas y elude el control social, termina por olvidar la centralidad y la dignidad inviolable del ser humano, y corre el riesgo de incidir negativamente sobre su conciencia y sus opciones, condicionando así la libertad y la vida misma de las personas”.

Están en juego, nada menos, nuestra vida y nuestra libertad.

Es posible denunciar abusos y falta de conducta ética entre muchos de quienes protagonizan la vida de los medios. Actores, productores, guionistas, periodistas, artistas diversos y empresarios integran la llamada “industria de los medios” que rara vez reflexiona acerca de su responsabilidad social. Pero estaríamos engañándonos. Somos protagonistas de nuestra cultura y cada uno, desde su lugar, tiene la capacidad de transformar medios que pueden atentar contra nuestra vida y nuestra libertad.

No son los grandes popes de los medios los únicos responsables de la pobreza y falta de compromiso, que muchas veces puebla nuestras comunicaciones.

Cada uno de nosotros los utiliza, de manera singular, creando un verdadero menú personal de consumo. No es una experiencia pasiva. Cada uno desde su lugar pone en juego su libertad para aceptar o rechazar, criticar o celebrar aquello que se nos ofrece con mayor o menor insistencia.

Los nuevos medios se están convirtiendo en una ventana insospechada para esta interacción. Internet crece de manera exponencial a través de claves como “trabajo colaborativo”, “comunidades” e “información abierta”. Son signos de una nueva dimensión, cuyos alcances desconocemos pero podemos reconocer en ellos un espíritu en sintonía con la convocatoria papal: “buscar la Verdad para compartirla”.

No podemos esperar que la Verdad llegue sola. Debemos salir a buscarla, en esa marea de lenguajes en que se ha convertido nuestra cultura, en el corazón de cada hombre y mujer con los que compartimos nuestra vida. A esa Verdad no podemos reservarla. Debemos, con la misma fuerza, compartirla por todos los medios.

No imaginemos un mundo sin medios de comunicación. Imaginemos una sociedad en donde cada uno de nosotros sea protagonista y construya, buscando la Verdad y buscando compartirla, una parte de nuestra cultura de medios.

El Papa nos invita a rezar para que, como pidiera Juan Pablo II, los comunicadores “se hagan intérpretes de las actuales exigencias culturales, comprometiéndose a vivir esta época de la comunicación no como tiempo de alienación y extravío, sino como un tiempo oportuno para la búsqueda de la verdad y el desarrollo de la comunión entre las personas y los pueblos”.


Para reflexionar

Por Anna Belloni Saraceno

Si bien solemos festejar el 6 de enero como el: “Día de Reyes” no podemos olvidar que en ese día se celebra la “Epifanía del Señor” o sea “la Manifestación del Señor”.

La fe de los Reyes Magos es búsqueda, la fe de estos “sabios” es tan simple como para inducirlos a un largo viaje hacia la manifestación del Señor, manifestación que se realiza, no en la magnificencia y la grandeza, sino en la forma más simple, según nuestra medida.

El don de Dios, hecho carne en Cristo, exige fe verdadera, y la fe da vida a la misión. Dice San Agustín: “..volvieron a su tierra por otro camino,…cambiar camino es cambiar vida.. Es para enseñarnos esta verdad que los Reyes Magos volvieron por otro camino”. Cada uno de nosotros está llamado, como miembro de la comunidad eclesial, a rever su posición frente a los otros, a rever su camino.

A menudo, tendemos a levantar separaciones entre nosotros, nuestra familia, la comunidad, la nación, la raza a la que pertenecemos, nuestro credo social, político, religioso, y “los otros”; condicionamos nuestra pertenencia a la Iglesia a elementos que delimitan las medidas infinitas del amor de Cristo.

Frente a todas las discriminaciones que afligen a la humanidad, a las barreras étnicas, de clase, de condiciones sociales, que la dividen en forma denigrante para la dignidad del hombre, a los enormes desequilibrios que denuncian su injusticia; la unificación del mundo tiene que ser un compromiso de cada cristiano.

La manifestación de Dios en Cristo es superior a nuestras categorías humanas para que podamos entender las formas infinitas de su realización en los hombres. El misterio de esta revelación es tan grande, que solamente puede llenarnos de respeto para la libertad del espíritu del hermano, para la irrepetible singularidad de su persona a la que Dios, de alguna manera, siempre se revela. Con demasiada frecuencia tendemos a condicionar a los otros a nuestra pequeña percepción de la manifestación de Dios, a encerrarlos en nuestros esquemas, olvidando que estos nunca llegarán a percibir la inmensa riqueza del misterio. Llevaremos al hermano a Cristo solamente amándolo como “buscador”, junto a nosotros, de la verdad que nunca terminaremos de poseer, buscador de ese Cristo que, encontrado gracia a la luz de la estrella, no dejaremos nunca de encontrar hasta el final.

Nuestro ser objeto de reconciliación por parte de Dios nos tiene que llevar a reconciliarnos con todos los hombres, aceptándolos a pesar de las diferencias, lejanías, incomprensiones que nos separan.

Este tiempo de Cuaresma que estamos viviendo es el momento propicio para que cada uno de nosotros, como miembro de la comunidad eclesial, se proponga revisar su posición frente a los otros, rever su camino.☺

Reflexionamos juntos

Por Elena Scasso

“¡Empieza la escuela! ¡Viva!”, dice el chico de ocho años muy entusiasmado.
-“¿Tan contento estás?” le pregunta la mamá, un poco sorprendida.
-“¡Sí, porque volvemos a tener recreos...!”, le contesta el chiquito.
Pero después se queda pensando, y añade: -“Bueno, volvemos a estudiar también....” pero no muy convencido.
De todas maneras, ¡Siente alegría y esperanza!

En este tiempo, en el que recomienzan las clases, de alguna manera también recomienza la nueva vida familiar al volver a los horarios, las tareas, las exigencias, etc.
¿Por qué escribí “con alegría y esperanza?”
Alegría, porque más allá de las complicaciones familiares, los hijos siguen creciendo, aprendiendo y formándose. Esperanza, porque deseamos que cada año sea una etapa más en el camino de su madurez humana y cristiana, buscando y encontrando el sentido de su vida.

Hoy en día, todos lo sabemos, no es fácil la tarea educativa, ni para los docentes ni para los padres. No es fácil coincidir en objetivos y medios, ni tampoco es fácil respetarse mutuamente desde el lugar que le corresponde a cada uno. En medio del desgaste y deterioro, los chicos han perdido la noción de que van a la escuela para aprender, no para aprobar el grado o el año. A veces, padres y docentes caemos en el mismo error: pensar que lo importante es aprobar.
Pero no es así. Lo importante son los hábitos de estudio, de esfuerzo, de compromiso, de responsabilidad, que son también escuela de vida. Como es escuela de vida enseñar y aprender a pensar. Aprobar el grado o año será una consecuencia, pero no el principal objetivo.
Esos hábitos serán el camino por el cual ir encontrando el sentido de la propia vida, hacerla don para el otro, vivir la felicidad y la paz. Los adultos sabemos bien que siempre tenemos que aprender, esforzarnos, tomar compromisos y asumir responsabilidades. Es un largo proceso que empieza cuando somos chicos.
Y en nuestra vida de fe descubrimos, también, que no podemos seguir a Cristo sin buscar conocerlo, sin tratar de amarlo a Él y a los hermanos. Que para seguirlo es necesario asumir el compromiso que implica vivir la fe, la esperanza, la caridad. Y sentir hondamente la responsabilidad que tenemos de ser para los hermanos el amor de Cristo hecho entrega y vida...
Dios está cada vez más ausente de la vida cotidiana, por eso vivimos centrados en nosotros mismos. Y olvidamos que sólo en Dios encontramos la felicidad y la paz...
En este tiempo no es fácil ser padres, no es fácil ser docentes. En ambos casos se necesita, además de cumplir con las responsabilidades propias de cada uno, el apoyo mutuo para el bien de los hijos. No es justificando a los hijos, ni acusando a los docentes, ni culpando a los padres, que podremos mejorar las cosas. Ponernos en contra unos de otros, sólo lleva a agudizar el problema.
De ahí la importancia del diálogo, de la búsqueda de pautas mínimas que todos respeten, para poder recorrer juntos, enseñando y aprendiendo a pensar, el camino de la educación, del esfuerzo, del compromiso, de la responsabilidad.

¿Volvemos al principio? Alegría y esperanza...
Que podamos empezar este nuevo año lectivo, hijos, padres y docentes, con alegría y esperanza, acompañándonos mutuamente en este hermosísimo desafío de enseñar y aprender.
Que vivamos hondamente este desafío, una luz nueva, que solos no podemos mantener encendida porque nos necesitamos mutuamente.
Y pidamos al Divino Maestro, a Su Madre María, y a Su padre José, que nos acompañen en nuestro caminar..☺

 

Enero ~ Febrero de 2008