Nuestra Diócesis

Celebrando el Jubileo:
CONVERSIÓN Y RENOVACIÓN

Mensaje de Cuaresma de Monseñor
Luis Guillermo Eichhorn

Hemos comenzado el tiempo de Cuaresma. Será para nosotros, Iglesia en Morón, un tiempo especial: La Cuaresma del Jubileo.

La celebración del Jubileo, al hacer memoria agradecida y celebrar el ser Iglesia diocesana, nos plantea un desafío: renovarnos. No hay renovación sin conversión. Y esta es una de las ideas claves del tiempo cuaresmal; si queremos vivir con autenticidad este tiempo (kairós) de Dios, sin dejarlo pasar sin más, deberemos buscar cómo concretar esta conversión renovadora.

El Año Jubilar nos hace mirar hacia atrás, hacia nuestra historia, nos invita a hacer memoria. Reencontrarnos con lo que somos, con nuestras raíces. Y mirar hacia delante, para asumir la tarea de un “nacer de nuevo”. Las mismas raíces, con troncos forjados (fortalecidos, heridos, retorcidos, con dura corteza) por el tiempo y la historia, siempre con nuevas ramas, flores y frutos: “No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes, y los destiné para que vayan y den fruto, y ese fruto sea duradero”[1].

La Cuaresma nos invita a este proceso renovador. Desde las mismas raíces. Y en las raíces de nuestra Iglesia particular de Morón encontramos a Dios que es Amor. Y reconocemos que somos un fruto, una consecuencia de ese amor misericordioso del Padre. Podríamos decir que el “código genético” de nuestra Diócesis, es el amor de Dios que se nos revela en la comunión trinitaria.

El amor de Dios es el origen de nuestra vida: personal y comunitaria, como Iglesia. Se ha manifestado muchas veces y de distintas maneras a lo largo de nuestra historia diocesana: en acontecimientos, en comunidades e instituciones, en personas concretas.

Pienso en forma especial, en este momento, en las personas santas que han vivido y conviven entre nosotros: ¡Cuánta acción del Espíritu Santo! No hace muchos años, vivió en Castelar la Hna. Martha Pereyra, Religiosa del Sagrado Corazón de Jesús, cuya causa de beatificación ya ha sido promovida ante la Santa Sede; nos dejó, en su diario, como recuerdo: “Que sean uno como tú, Padre, y yo...” es el gran deseo y precepto de Jesucristo. “Un mandamiento nuevo les doy... Mi mandamiento es que se amen los unos a los otros”. Es la virtud amada del Corazón de Jesús y la que debe ser nuestra característica: “Que en esto conozcan que son mis discípulos, en que se amen...”. ¿Cómo? “Como yo los he amado”. Estas palabras nos dicen cuál ha de ser nuestro modelo siempre: el Corazón de Jesús... Caridad para soportarnos mutuamente. Si es cierto que algo en mis Hermanas me puede molestar, es también verdad que yo las hago sufrir a ellas. Mi carácter, mis defectos... ejercitan a mis Hermanas...”[2]. ¡Tanto amor derramó continuamente el Señor entre nosotros! ¡Tanto para agradecer! ¡Tanto para abrir nuestro corazón al amor de Dios que con el Espíritu quiere derramarse en nosotros, y así convertirnos sinceramente!

Son los frutos del amor, las semillas del Reino, que Dios sembró en abundancia. Y también, reconozcámoslo con humilde sinceridad, cuántas veces nosotros hemos opacado ese amor con nuestros pecados, nuestras infidelidades...
Es la conversión necesaria, en este tiempo de Cuaresma jubilar.
Es caer en la cuenta de que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones[3], y debe fructificar en corazones nuevos, corazones de carne, que sepan amar[4].

Precisamente, la Cuaresma es un llamado a renovarnos en el amor: amor entre nosotros, sincero, humilde, lleno de ternura[5], amor que nos une[6].

La tarea de construir la comunión entre nosotros, laicos, hermanos y hermanas consagrados, sacerdotes, diáconos, religiosas y religiosas, es tarea difícil, de empezar todos los días y en cada momento, que exige renuncia, don, entrega, perdón, abrir el corazón: “Que todos sean uno...”[7]. Tarea que es acción de Dios, con nuestra imprescindible colaboración, y que necesita de mucho esfuerzo y ascetismo personal y comunitario. ¿Seremos reconocidos como discípulos del Señor por el amor que manifestamos con nuestras actitudes?

Una de las expresiones del amor en nuestra Iglesia diocesana, es el amor preferencial por los pobres. Si miramos lo que en cada comunidad se hace, en especial a través de Cáritas, es mucho. En todos está la preocupación de ayudar, de ser solidarios.

Juan Pablo IIº nos decía que llegó el momento de una nueva imaginación creativa en nuestra caridad para con los pobres: “Es la hora de una nueva ‘imaginación de la caridad’ que promueva, no tanto y no solo la eficacia de las ayudas prestadas, sino la capacidad de hacernos cercanos y solidarios con quien sufre, para que el gesto de ayuda sea sentido no como una limosna humillante sino como un compartir fraterno”[8].

Pienso que en este clima de cuaresma es algo concreto en lo que tenemos que trabajar. El Santo Padre Benedicto XVI nos exhorta especialmente a esto: “La íntima participación personal en las necesidades y sufrimientos del otro se convierte así en un darme a mí mismo: para que el don no humille al otro, no solamente debo darle algo mío, sino a mí mismo; ha de ser parte del don como persona”[9].

Esto nos lleva a pensar en dos dimensiones: personal e institucional.
En lo personal, es invitación a crecer en forma concreta y eficaz en el amor a Jesús, a quien descubrimos en el hermano pobre y necesitado. Amarlos, darles, darme. ¿Puede un cristiano que se dice auténtico y sincero olvidar este apremio constante a nuestra generosidad? La fe cristiana no solo se expresa en la devoción o en la participación litúrgica piadosa, sino especialmente en nuestro amor al hermano: “En esto, todos reconocerán que ustedes son mis discípulos...”[10]. Nuestra participación en la liturgia gana en autenticidad y expresividad si vivo esta dimensión del amor, si en ella “doy y me doy”; es notable la pobreza de nuestras colectas en las misas dominicales: ¿Es nuestra ofrenda en esta colecta expresión de mi amor al pobre? ¿Somos mezquinos por tacaños o porque no hemos crecido en el amor?

A nivel institucional, debemos también cuestionarnos: la ofrenda litúrgica es para el sostenimiento de la Iglesia y ayuda a los pobres, lo cual se canaliza preferentemente a través de Cáritas. ¿Somos concientes del porcentaje que debemos a los pobres? Indudablemente que no siempre nuestras colectas llegan a cubrir las necesidades de la comunidad, al menos así es en muchas parroquias o capillas, pero, esto debe ser un acicate para tomar conciencia, todos, de la necesidad de compartir. Éste es un espíritu que debería “impregnar” a nuestras comunidades: compartir nuestro dinero, lo nuestro, compartir lo que somos capaces de hacer, los talentos, compartir la vida y el tiempo que nos lleva: ser y estar para los demás. Así, podremos decir con propiedad: “Cáritas somos todos”.

Un aspecto que me preocupa: como ya les dije, es mucho lo que hacemos por los pobres. Pero no sé si es eficaz nuestra tarea evangelizadora para con ellos; el pobre debe ser evangelizado; tiene derecho a ello y es nuestro deber, es uno de los signos de la presencia del Reino: “Vayan a contar a Juan lo que han visto y oído... la Buena Noticia es anunciada a los pobres...”[11].

Evangelizar es anunciar a Jesús para que crean en Él, se conviertan y así se integren a la comunidad, donde tienen que “sentirse como en su casa”[12]. Es preocupante que hoy, muchos nuevos movimientos religiosos o sectas hacen un fuerte proselitismo, evangelizando -a su manera- a los pobres: ¡Nos están robando a los pobres! ¿Y nosotros qué hacemos? Aquí cobra importancia la urgencia de la misión, la catequesis de iniciación, que no podemos dejar de brindar a estos hermanos que requieren nuestra ayuda.

Si hablamos de necesidad de conversión, en esta Cuaresma jubilar necesitamos abrir el corazón:
Amar más a Jesús, el Señor...
Amarnos más como hermanos, viviendo unidos de corazón...
Amar a los pobres, con sincero amor fraterno...
Amarlos como hermanos, compartiendo con ellos nuestra fe, anunciándoles a Cristo, acogiéndolos en nuestra casa-iglesia.

Que esta Cuaresma nos prepare, permitiendo que el Espíritu entre en nuestros corazones y los cambie, para poder celebrar con alegría la resurrección del Señor, y descubramos que donde hay amor, ahí está Dios[13].
Que María, nuestra Señora del Buen Viaje, nos acompañe en este camino cuaresmal para renovar junto con ella nuestra fidelidad al Señor que nos ama.

Con afecto, mi bendición.
Morón, 11 de febrero de 2007, a cincuenta años de la promulgación de la Bula “Quandoquidem Adoranda”, de Pío XII, creando la Diócesis de Morón.

Mons. Luis Guillermo Eichhorn
Obispo de Morón

[1] Jn. 15,16.
[2] Cf. Hermana Martha Pereyra Iraola. La ternura de Dios entre nosotros.Fr. C. Miglioranza, OfmConv. Págs. 210-211.
[3] Cf. Rom. 5,5.
[4] Cf. Ez. 34, 24-28.
[5] Cf. Rom. 12,9.
[6] Cf. Filip. 2, 1-5.
[7] Jn. 17, 21.
[8] Novo Millennio Ineunte, 50.
[9] Deus Caritas est, 34.
[10] Jn. 13, 35.
[11] Lc. 7, 18-23.
[12] Novo Millennio Ineunte, 50.
[13] Deus Caritas Est, 19.

Enero ~ Marzo de 2007